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“SOLES DORMIDOS” EN MADRID
Rodrigo Galarza: en busca de un destino, desde Caá Catí a Lavapiés.

   

Incluimos en esta oportunidad la primer entrega de texto digitalizado del libro:"A mi pueblo Caá Catí" del historiador Pedro C. Cabral

   

Te acercamos la primer entrega de texto digitalizado del libro:"Primera Antologìa" realizado por el grupo Literario "Pájaro de Tinta.

   
 
  David Martínez
   


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Prólogo

David Martínez en su Canto a Caá Catí

La nostalgia, de la cual se ha dicho que es "lo más profundo de la humana naturaleza", integró desde temprano la idiosincrasia de David Martnez. "Yo era un triste y nostlgico muchacho / acompañado siempre de mí mismo", rememora en el Canto a Caá Catí. Médula de esa actitud añorante será para el poeta la lejanía del terruño donde fueron suyas la inocencia infantil y la ensoñación adolescente. Con frecuencia lo evocará en busca de apoyo y amparo, "firmamental asilo para el,ansia", de reposo para su "impaciencia de incumplido destino". Imprecisa e incalmable dolencia que se manifiesta también en Allá donde quiero apagarme ("Lejos, lejos vuelvo los ojos. / Oh Caá Catí de mi infancia, / con sus jilgueros y su manso sol / todavía dorando mi memoria"), en Tristizia ("En agonía de años / que hace del ser apenas / la tortura de un eco, / los cansados recuerdos / a un pueblo me devuelven"), en Laudes a un zorzal, en San Isidro, que me recuerda a otro que cantaba en Caá Catí ("Tu silbo / en mí, / como un espejo de agua. / ¿Lloras / delirosas nostalgias, / desde las verdes tumbas del verano?), y en tantos otros poemas fervientemente nostálgicos. Se piensa, leyéndolos, que no de otro modo añoraría Odiseo cuando sentía anhelos de morir porque no veía el humo de su país natal según le narraba a Zeus la condolida Palas Atenea.

El exilio, fundamento siempre de la nostalgia, se expresa en el Canto a Caá Catí por medio de los epítetos lejano, distante, remoto, arcano ("un niño muy lejano", "un lejanísimo niño", "un pájaro lejano", "un temblor remoto de cigarras", "un sapucai distante", "un arcano ladrar") o a través de locuciones como "lejos del tiempo", "lejos del mundo", "lejanía imaginada", "uniformidad de lejanas", "que soy su ausente". El poema todo, con su sostenido tono melancólico, refleja el apego a tiempos y lugares cuya inasequible recuperación significaría el regreso del exilio, la posibilidad del reintegro soñado, de volver a ser uno con lo natural y lo mágico circundante.

De la proximidad espiritual de esa lejanía -"de la intimidad de su ausencia ardiente", dijo Rilke- David Martínez trae a sus versos, y tienen en ellos delicadeza de fresco pétalo que brilla y conmueve, ya peculiares sensaciones auditivas de un ámbito rural ("la musiquita fiel" del grillo, con tan grácil ternura en el diminutivo; la "clarinada" del gallo, el silbo del tordo, los zureos, el resonar del galope, el ladrido, el mugir de los vacunos, el sapucai), ya imágenes de su poblado, de su hogar, de su niñez y adolescencia: "el patio de enladrillada artesanía" de la escuela, el caserío, el Riacho y su Puente, "las magnolias de fuego", las rosas, las sinensias, el globo azul, "la estampa en que un niño parecido / a un ángel reza junto a una paloma", "aquella Maina, rubia (... ) que hoy es como el espejo de una lluvia / sobre una lejanía imaginada" y que fue su Laura nel dolce tempo della prima etade.

"Digo: Madre mía. Y es en ti en quien pienso ioh Casa!

Casa de los bellos veranos oscuros de mi infancia" (Je dis: ma Mére. Et c'cst vous que je pense, Ô Maison! / Mason des beaux étés obscurs de mon enfance), descubre Milosz en uno de sus poemas cuya significación se corresponde con este verso de otro: "Para hablarte y ser comprendido, oh Madre, es preciso volver a ser niño" (Pour te parler et étre compris, Ô Mère, il faut redevenir enfant). También David Martínez conoce la complicidad maternal del terruoño ("y tu regazo amparador que existe / porque eres madre y solejar de cuna") y sabe que él - el hijo- para hablarle tiene que volver a estar en el niño de otro tiempo, único intercesor posible: "Sólo ese niño que me da la mano / y este hombre que regresa a lo vivido". Sólo ese "lejanísimo niño ya perdido" puede poner al alcance del poeta el misterioso canto del pájaro lejano —"ave intocada y pura"- que despierta tan hondas resonancias en él, hijo ausente de Nemesia Dongo "descansada en esa luz natal", hijo ausente de su Magna mater, el Caá Catí de su infancia, su mundo paradisíaco. Rof Carballo, que tanto ha indagado sobre psicología de la nostalgia y sobre mito y realidad de la tierra natal, observa: "Toda Magna mater, a la vez que percibido por el hombre como generatriz y fuente de vida, tiene que ser también sentida como abrigo postrero, como tumba, como último refugio en el tránsito fugaz que es toda vida". Por ello esjusto que Martínez quiera morir en la casa de su niñez ("pues fuiste el nacer de mi alentar, / sé el regazo también de mi morir") y no extraña que manifieste el definitivo apego a su terruño aseverando: "Pido estar en tu suelo sepultado".

De acuerdo con la concepción expuesta por Albert Béguin en El alma romántica y el sueño, el poeta se entrega, se abandona sinceramente a las imágenes que, dotadas de peculiar fuerza emotiva, emergen de las profundidades de su ser y en él despiertan intensos ecos. Esa creadora actitud receptiva hará que ellas, y las palabras que las expresan, sean portadoras también para los demás de conocimiento y poesía, de conocimiento poético. Cuando evocan reminiscencias infantiles, reminiscencias de una remota edad paradisíca, como ocurre en el Canto a Caá Catí, tales imágenes dejan trasparecer un mundo mágico en que el hombre está armónicamente fusionado con la naturaleza toda, en que la correspondencia resplandece. "Ay, aquí todo es claro entendimiento" corrobora el poeta cuando escucha a los integrantes de su "reino sin corona", acogedor y confortante. "¿No tiene acaso cada ser humano, en su corta memoria, el recuerdo de una edad en que la separación aún no se había producido?", se pregunta Béguin, para enseguida especificar: "Edad de oro de la infancia, que creía en las imágenes e ignoraba que hubiese un mundo exterior, real, y un mundo interior, imaginario. Edad de oro de las épocas primitivas, cuando el hombre disponía de poderes después perdidos y cautivaba con su palabra los objetos que lo rodeaban. Edad de oro todavía más antigua, de la cual hablan las fábulas de los pueblos, edad en la cual Orfeo seducía a los animales y a las rocas".

La edad de oro que cada hombre añora es, pues, la del niño, par de Orfeo, niño a quien le era llana y fluida la comunicación con lo real y con lo imaginado. En un estudio sobre la tradición lírica en Soles y laderas me referí al linaje órfico de David Martnez. Allí dije: "Mesurado, ordenado, grave, riguroso, recatado, asordinado, lúcido siempre, se exterioriza en hondos y conmovedores versos que una vez más actualizan, recrean, aquellos grandes temas y sus eternos símbolos: el camino, la piedra, el pájaro, el agua, el fuego, el río, la barca, el árbol... Por eso, si se quiere mencionar voces afines a la suya, hay que buscarlas, en acendrados cantores de todo tiempo y lugar: en los libros bíblicos, en los himnos y plegarias de Los Vedas, en algunos grecolatinos, en Dante, Eliot, Hölderlin, Rilke, Saint-john Perse, Cernuda, Salinas, en todos aquellos que, de un modo u otro, se incorporaron a la luminosa tradición lírica del orfismo". Y concluí aquellas reflexiones con la siguiente aseveración: "Aunque la inspiración órfica sobrepasa necesariamente toda frontera, aunque, por otra parte, no se encuentren en Corrientes voces afines a la suya, Martínez no olvida (no podría olvidar) dónde están sus raíces, dónde permanece, inalterable, su infancia. Por eso su poesía, tan universal, es también entrañablemente corentina.

El Canto a Caá Catí, editado por primera vez en 1967, desnuda esas raíces y afianza el fundamento órfico de un poeta en seguro ascenso lírico que lo llevara a libros consagratorios como El cxilio en el mundo (1969), Penúltima estación (1974), Soles y laderas (1981) cuya poesía, de cálida a la vez que recóndita transparencia, impregna en las eternas fuentes su personal y estremecida palabra.

Angel Héctor Azeves

 

 


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